Joe Diamond y los hermanos de las cenizas - trusolismo

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Duetas · 20

El incendio de la Universidad Miskatonic no trajo a Joe Diamond de vuelta a Arkham; fue la desaparición de su amigo lo que lo hizo. En las ruinas, con la lupa en mano y Henry Armitage a su lado, descubrió que el fuego no había destruido nada por completo: bajo las cenizas aún se intuía un círculo, un patrón ritual interrumpido demasiado tarde. Algo había salido mal… o demasiado bien. Su amigo había estado allí, ayudando a traducir, y después simplemente había dejado de existir para el mundo.

Las respuestas no estaban en los libros, sino en la gente. Joe recorrió Arkham interrogando a quien sabía demasiado y a quien fingía no saber nada, apoyándose en Logan Hastings cuando la situación se tensaba y en Dorothy Simmons cuando las palabras dejaban de tener sentido. Presionando con paciencia y retórica afilada, corrigiendo errores y aprendiendo sobre la marcha, terminó arrancando un nombre a uno de los implicados. Apenas un susurro, pero suficiente para encajar todas las piezas: Elokoss. No era una invocación improvisada, sino algo antiguo, estructurado, que seguía en marcha… y su amigo seguía formando parte del ritual.

El rastro descendía hacia las alcantarillas, donde la ciudad ocultaba lo que no podía explicar. Joe bajó solo. El agua sucia le cubría los tobillos y el aire parecía resistirse a ser respirado. Allí encontró el círculo completo, y en el centro, a su amigo, inmóvil, convertido en pieza clave de algo que ya estaba a punto de completarse. Un guardián surgió de la oscuridad y Joe respondió por instinto, abriéndose paso a base de golpes duros y precisos, pero cada movimiento le dejaba más cerca del límite.

Avanzó igualmente. Tropezó al acercarse al círculo y durante un instante todo pareció perdido, como si el ritual fuera a cerrarse antes de tiempo. Pero corrigió en el último segundo, por pura experiencia, por esa mezcla de suerte y oficio que mantiene con vida a los que duran demasiado en Arkham.

Entonces lo entendió todo.

No tenía que salvar a su amigo primero. Tenía que romper el ritual.

Alzó la M1911. Le quedaba una sola bala.

Apuntó al símbolo central, ignorando a los cultistas, ignorando el miedo, ignorándolo todo. Respiró y disparó.

El sonido no fue un disparo, sino una grieta. El círculo se quebró, el agua tembló y, durante un instante imposible, algo observó desde el otro lado. No con rabia, sino con curiosidad.

Elokoss no había cruzado. Pero ahora sabía cómo hacerlo.

El cuerpo de su amigo cayó al suelo, vivo.

Joe no sonrió. Al salir de las alcantarillas, con la fedora calada y la libreta cerrada, supo que el caso no había terminado. En Arkham nunca lo hacen. Solo cambian de forma… y esperan a que la próxima vez, el mundo no tenga tanta suerte.

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